En esta ocasión me tocó presentar el tema semiótica de la cultura. Más que hablar sobre lo que expuse, me gustaría tocar el tema de lo complicado que me pareció el tema. Es cierto que, como me dijeron algunos compañeros, son cosas que al formar parte de la vida cotidiana damos por hechas (vivimos en signos de cualquier índole), pero que al revisar cómo algunos autores han teorizado al respecto lo único que pude pensar al principio fue: ¿cómo se les ocurrió? ¿esto tiene algún sentido práctico?
Para mí fue difícil encontrarle utilidad fuera de los análisis artísticos. Al leer algunos de los trabajos recopilados en los libros La semiósfera (vols. 1, 2, 3) y La semiótica la cultura, me di cuenta que lo llevan a cabo es darle sistematicidad a análisis que no parecían tenerlo. Para hacerlo, parten de la lingüística estructural. Es decir, el punto de partida es que hay elementos estructurales en cualquier sistema de significación que al combinarse dan sentido a un texto. El meollo del asunto es que esas unidades no siempre son evidentes. En el caso de la arquitectura gótica (volviendo al ejemplo de la clase y de lo que habla Polina en su reporte), uno sabe que los rosetones cumplen una función en la construcción (iluminar el interior) pero también tiene una función simbólica: los colores del vitral, la imagen. Y se pueden enlistar otros elementos: los pináculos (es el nombre que no recordé en clase de las columnas que entre más altas fueran, se creía que se estaría más cerca de Dios), las gárgolas, entre otros. Estos elementos son unidades del sistema de significación de la arquitectura y unidos tienen un sentido diferente al que podrían tener los mismos elementos en una construcción románica, barroca o neoclásica (con sus respectivos cambios, por su puesto).
Sin embargo, creo que la practicidad de este tipo de análisis va más allá de los trabajos en terrenos artísticos. Pienso, por ejemplo, que puede aplicarse a estudios de mercado en el diseño de modas, en la construcción de personajes de consumo popular (creo que los comics a mediados del siglo XX se basaban en esto), o en la industria del cine.
Para mí fue difícil encontrarle utilidad fuera de los análisis artísticos. Al leer algunos de los trabajos recopilados en los libros La semiósfera (vols. 1, 2, 3) y La semiótica la cultura, me di cuenta que lo llevan a cabo es darle sistematicidad a análisis que no parecían tenerlo. Para hacerlo, parten de la lingüística estructural. Es decir, el punto de partida es que hay elementos estructurales en cualquier sistema de significación que al combinarse dan sentido a un texto. El meollo del asunto es que esas unidades no siempre son evidentes. En el caso de la arquitectura gótica (volviendo al ejemplo de la clase y de lo que habla Polina en su reporte), uno sabe que los rosetones cumplen una función en la construcción (iluminar el interior) pero también tiene una función simbólica: los colores del vitral, la imagen. Y se pueden enlistar otros elementos: los pináculos (es el nombre que no recordé en clase de las columnas que entre más altas fueran, se creía que se estaría más cerca de Dios), las gárgolas, entre otros. Estos elementos son unidades del sistema de significación de la arquitectura y unidos tienen un sentido diferente al que podrían tener los mismos elementos en una construcción románica, barroca o neoclásica (con sus respectivos cambios, por su puesto).
Sin embargo, creo que la practicidad de este tipo de análisis va más allá de los trabajos en terrenos artísticos. Pienso, por ejemplo, que puede aplicarse a estudios de mercado en el diseño de modas, en la construcción de personajes de consumo popular (creo que los comics a mediados del siglo XX se basaban en esto), o en la industria del cine.
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